Los hombres machistas matan

¿Cuántas más? ¿Cuántas muertes más hacen falta para tomarnos en serio esto de la violencia de género? ¿Cuántas mujeres más tienen que morir a manos de sus parejas y exparejas para darnos cuenta de que el terrorismo machista es una realidad? ¿Cuántas humillaciones, vejaciones e insultos debemos aguantar las mujeres por el hecho de ser mujeres para abrir los ojos de una vez y atajar el problema de raíz?

No hay palabras que puedan expresar lo repugnante de los últimos casos acontecidos en Casteldefells y en Cuenca, este último de un cinismo tal que ha conmocionado a toda la sociedad. Los medios de comunicación dedican horas y horas a hablar de este doble crimen. En este momento, aunque todo son sospechas y conjeturas, no cabe duda de que nos encontramos de nuevo con otro caso de violencia de género que acaba en asesinato.

Y me parece bien que los gritos en contra de la violencia de género aparezcan en los debates y tertulias televisivos. Pero mucho cuidado. Cuidado con esta doble moral que sigue normalizando las desigualdades de género, que ayudan a mantener las posiciones de superioridad e inferioridad entre hombres y mujeres, que perpetúan y justifican cualquier forma de control sobre la mujeres.

Esos que ahora ponen el grito en el cielo con casos como este, que se indignan y hacen (durante unas horas o unos días) de la lucha por la igualdad su bandera, deberían ser coherentes, y enarbolar esa bandera las 24 horas del día, los 365 días del año. Y que piensen dos veces antes de enviar chistes estereotipados y sexistas a los grupos de WhatsApp, que cierren la boca antes de hacer comentarios jocosos sobre la mujer que acaba de pasar por delante, que dejen de lado los cánones de belleza, todas esas creencias que tradicionalmente definen a hombres y a mujeres. Porque todas estos detalles, todas estas cosas que parecen inofensivas, son lo que realmente hacen que las relaciones entre hombres y mujeres sean desiguales, son los que permiten que sigan ocurriendo crímenes como los recientemente ocurridos. Los micromachismos, presentes en el día a día, normalizan la situación desigual entre hombres y mujeres. Normalizan que un hombre sea superior a la mujer, que haya mujeres putas y mujeres puras, que de forma sutil aprendamos que las mujeres somos el sexo débil, que necesitamos un hombre que nos proteja. Aprendemos que como hombres debemos llevar los pantalones en casa, que mi novia es mía, que la veamos como un objeto que podemos tirar a la basura cuando ya no lo necesitamos, que se tiene que hacer lo que yo diga, que los no son sí.

Educación. Eso es lo que necesita esta sociedad. Educación en igualdad, desde antes del nacimiento, proyectar sobre nuestros hijos e hijas unos valores que nada tengan que ver con el sexo biológico. Educarles en el respeto, en el afán de superación, en la independencia, en querer a los demás tal como son, en la tolerancia, en la no violencia. Educarles para que sean adultos responsables e independientes. Que sean autosuficientes. Que no crezcan pensando que son el complemento de nadie. Decirle adiós al amor romántico, a los príncipes y princesas, a los cambios por amor, a los celos, al control y a las medias naranjas.

Es una labor muy dura, que requiere de mucha reflexión y esfuerzo. Como educadores sociales, nuestra labor es esta. Trabajamos con personas, y nuestro cometido es empoderarlas, hacerlas ver el potencial que tienen, y enseñarles a usarlo.

¿Acaso estaremos pidiendo peras al olmo?

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