¿Acaso las mujeres somos bienes de consumo?

Hace unos meses fue el Juzgado Social número 10 de Barcelona el que creaba jurisprudencia al equiparar los derechos laborales de las personas prostituidas a los de cualquier otro trabajador/a.

Hace unos días ha sido Albert Rivera, secretario general de Ciudadanos, quien ha propuesto regularizar la prostitución en España, con dudosos argumentos económicos, como los 6.000 millones de euros que permitiría recaudar en impuestos.

¿Acaso las mujeres somos bienes de consumo? ¿Acaso se puede comparar los impuestos que recaudan, por ejemplo, con la venta de tabaco con los impuestos que se recaudarían con el alquiler del cuerpo de las mujeres?

Este debate de la prostitución es arduo y complicado. No debería quedarse en la voluntad de la mujer en ejercerla. En un país donde existe una ley contra la violencia de género, donde se intenta proteger legalmente a las mujeres de sus parejas maltratadoras, que camina hacia la igualdad de género, el debate de la prostitución debería llegar hasta el fondo de la cuestión.

Deberíamos pensar qué hay detrás de la prostitución, sobre qué pilares se sostiene, qué sistema social permite y normaliza una actividad como esta, porque si nos quedamos en la superficie del problema, es decir, si reducimos los argumentos a si la mujer lo hace porque quiere o porque la obligan (cosa que también habría que analizar), estaremos muy alejados de lo que realmente es la prostitución: una violación de los derechos humanos. Es la forma de violencia de género y esclavitud más antigua del mundo.

Y esto es así porque la prostitución está enclavada en el sistema patriarcal tradicional, ese que dicotomiza a las mujeres, las cosifica y las utiliza, y a la vez las cuida, las protege y las defiende. Ese sexismo ambivalente que diferencia entre mujeres buenas y mujeres putas. Ese que te dice cosas como que la mujer debe ser dama en la calle, señora en casa y puta en la cama. El patriarcado normaliza que los hombres puedan disponer de las mujeres a su antojo, que con dinero se compran. Y ese que te vende la moto de que los hombres son incapaces de controlar sus impulsos sexuales, que gracias a la prostitución se reducen las violaciones… ¿No es la prostitución una violación en sí misma?

He trabajado durante varios años en un recurso para mujeres que abandonaban la prostitución, y a lo largo de ese tiempo he encontrado mujeres que la habían ejercido por voluntad propia (si es que se puede definir así los “no había más remedio”), pero eran las menos. La gran mayoría de las usuarias habían sido víctimas de explotación sexual por parte de mafias organizadas.

El acto de comprar y obtener ganancias económicas de la prostitución es una clara violación a la dignidad, autonomía, libertad y al bienestar físico y mental de las mujeres. Por este motivo regularla sería un atentado contra los derechos humanos.

Porque, además, como se ha podido comprobar en los países que decidieron legalizarla, la regularización no es ninguna panacea. Por ejemplo, su legalización en Holanda hace ya quince años no ha conseguido aún los efectos deseados pues se siguen registrando abusos sexuales, no cesa la prostitución forzada y aún es una profesión estigmatizada socialmente.

Como he dicho antes, el debate de la prostitución no es fácil, existen muchos puntos que habría que analizar detenidamente.

Lo que sí me parece importante recalcar es que la prostitución solo es sostenible en una sociedad patriarcal que propugne la desigualdad entre hombres y mujeres.

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